Punta de Lanza
Cómo organizar la política subterránea. Mirando atrás “Mirando atrás” de James “Yaki” Sayles. Por el Grupo de Investigación Revolucionaria Intercomunalista. Traducción de Luisa Tapetillo.
El autoritarismo se extiende por todo el mundo. Conforme aumenta el costo de vida y el colapso ecológico desplaza comunidades en todos lados, la urgencia de luchar en contra de las injusticias y desigualdades se vuelve cada vez más apremiante. La necesidad del Estado de aplastar las protestas y a los activistas, de controlar, vigilar y desmoralizar poblaciones enteras también aumenta. A pesar de que se desmoviliza a billones de personas en todo el mundo, las rebeliones urbanas y los movimientos disruptivos no han disminuido en lo más mínimo. En algunos casos, los dirigentes nacionales y la oligarquía empresarial entran en pánico frente el peso del descontento social, desencadenando que la policía y los militares tomen un mayor control en la vida diaria.
En ese sentido, para la gente que ha participado en protestas, revueltas y levantamiento en los últimos años, la necesidad de una mejor organización se ha vuelto clara. Pero los debates sobre qué tipo de organización se debe tomar son tan centrales para los movimientos radicales y revolucionarios como también lo son los objetivos y enfoques que defienden. Este debate no es nuevo. En el siglo XX, los grupos subversivos coordinaron sus esfuerzos de acuerdo a sus plataformas y teorías de cambio. Sus teorías de organización, tácticas y estrategias emergieron de su ideología. Pero las cosas hoy son un poco diferentes.
Los movimientos de protesta en Estados Unidos han crecido y se han afilado desde las revueltas de 2009 en Oakland, California, debido al asesinato de Oscar Grant III en manos de Johannes Mehserle, un policía. En cada ciclo de lucha, los grupos (de amigos, vecinos, estudiantes, anarquistas y marxistas orientados al espontaneísmo) han sorteado obstáculos ideológicos, tácticos y políticos al calor de la lucha. Unidos, estos movimientos han llevado a decenas de millones de personas a las calles. Debido a que se mantienen indispuestas o imposibilitadas a ceder a la presión de la rabia popular que viene de abajo, las clases dominantes han sido forzadas a alterar sus medidas y planes. Las protestas y las revueltas las han orillado al autoritarismo.
Occupy Wall Street o las protestas Por la Justicia de Trayvon Martin en 2013 puede que no hayan tenido una dirección o estrategia ideológica clara. Pero hoy, millones de personas comprenden el mundo con más precisión, saben qué es lo debe cambiar. Hasta Donald Trump subió al poder al darle un nuevo giro al Partido Republicano como una forma de desestabilización y rebeldía que rompe las reglas. A pesar de que los insurreccionalistas de las últimas décadas se enfocaron principalmente en tácticas para escalar la revuelta, provocando a los comprometidos en contra de los tímidos del movimiento, hoy muchas corrientes rivales están compitiendo para ser las protagonistas y están dispuestas a asumir riesgos cada vez más grandes.
Dentro de estas corrientes de izquierda (las más influyentes son los abolicionistas, anarquistas, comunistas y socialistas democráticos), hay obvias similitudes, pero también diferencias políticas y estratégicas afiladas. Algunas de estas corrientes disputan entre ellas que con el enemigo común. Para entender cómo disputan tenemos que revisar las teorías organizativas que han emergido de ellas. También debemos de apreciar que estos no son grupos cerrados herméticamente. Los movimientos emancipatorios de los últimos quince años han producido un gran ámbito de actividades y subversión, y las teorías de quienes habitan este ámbito suelen traslaparse: abolicionistas con modelos organizativos anarquistas, anarquistas con teorías comunistas, socialistas democráticos con ideas abolicionistas, etcétera.
Aunque podría decirse mucho sobre prácticas específicas, como la toma de decisiones, el formato de los apuntes y las minutas, la facilitación y los modelos de membresía, nos vamos a enfocar en cómo estás organizaciones se relacionan con los extraños, los desconocidos, los no integrantes.
Organizaciones de masas: aunque muchas veces no se den cuenta, el objetivo principal de la mayoría de los grupos es crear organizaciones públicas masivas (grupos “visibles” con una membresía abierta, oficinas reconocibles, páginas de internet y un criterio de admisión comprensible). El objetivo es crecer, alcanzar a tanta gente como se pueda. En los momentos de agitación espontánea, los grupos se organizan en torno a este modelo para aprovechar la oportunidad de reclutar gente. Estos grupos usualmente no son la punta de lanza ni los agitadores de la acción militante debido a que las identidades de sus integrantes y su infraestructura se pueden acceder fácilmente y, por lo tanto, corren un riesgo de represión mayor. Además, reclutar a gran número de personas incentiva a los activistas a responder a los intereses y preocupaciones populares, que están modeladas por el statu quo. Esta forma de organización siempre corre el riesgo de volverse reformista. La teoría avanza y se abre una gran oportunidad de influir en la dirección del levantamiento o incluso una revolución sólo si logran resistir esa presión reformista.
Colectivos: Algunos grupos prefieren mantenerse pequeños, públicos, con una membresía cerrada o difícil de conseguir. Sus ideas y actividades son claras y visibles, pero sus operaciones se mantienen estrictamente controladas. Se enfocan en el compromiso y la precisión. Su afiliación suele ser bien conocida para sus integrantes, pero más o menos secreta o sin publicidad hacia el exterior.
Este tipo de organización suele proveer apoyo logístico, campañas mediáticas y ayuda técnica a las luchas. Los movimientos no podrían existir sin los colectivos. Realmente, son la columna vertebral de los campamentos radicales, las marchas, el apoyo a presos e infinitas redes de acción directa. Aunque algunas veces guían, usualmente no es su intención. Prefieren trabajar con una “ecología” de esfuerzos y especializarse en pocas tareas. Debido a que usualmente los colectivos no compiten por influir en la dirección política y estratégica de los movimientos que apoyan, sus esfuerzos son susceptibles a diluirse mientras otras fuerzas toman el control de las luchas sin sentir ninguna vergüenza.
Grupos de afinidad: los favoritos de los anarquistas, estos grupos son clandestinos, pequeños y usualmente invisibles. No tienen ninguna membresía conocida, ningún punto de entrada, ni oficinas y usualmente no tienen formas confiables de contactarlos. Su objetivo es la seguridad, la agilidad y la efectividad.
En los puntos más álgidos de la lucha, esta forma de organización suele asociarse con la estrategia de “autonomía descentralizada” o la “diversidad de tácticas”. Cuando muchos de estos grupos se reúnen, normalmente no colaboran directamente en planes específicos. Más bien, respetan la libertad de cada uno y la seguridad de perseguir sus propias iniciativas, con confianza de que sus acciones se alinean con los objetivos políticos del movimiento en general. Debido a su naturaleza clandestina, estos grupos pueden utilizar métodos militantes de manera segura, pero casi siempre al costo de perder contacto con una potencial base de reclutamiento más amplia o apoyo directo. Las luchas no se pueden dar sin grupos como estos. Aun así, los grupos de afinidad, por sí mismos, no pueden guiar, expandir, defender ni completar todo los objetivos de un movimiento emancipatorio por sí mismos.
Coalición subterránea/visible: hay un creciente deseo de vincular las formas y estilos de organización clandestinos y visibles. Algunos tienen la esperanza de crear movimientos que puedan utilizar estrategias separadas, basadas en diferentes ideas de cambio, todas vinculadas entre sí. Los grupos de este marco de trabajo operan de forma separada. Los grupos visibles trabajan en la esfera pública mientras los activistas subterráneos llevan a cabo la acción directa lejos de la opinión pública. A pesar de que no comenzó de esta manera, esta forma de organización es similar a cómo opera el movimiento en contra de Cop City. Hay innumerables ejemplos del, por ejemplo, llamado “movimiento anti globalización” de la década de los 90 y del 2000 que también utilizaron este formato. Este modelo busca involucrar a mucha gente en el trabajo visible mientras mantiene intacto el sector clandestino.
Pero cuando la misma gente es la que cumple roles subterráneos y visibles, el movimiento se hace vulnerable. Fácil de infiltrar, atacar y vigilar. Si se reparten los roles puede haber una división. En términos logísticos, las tareas son diferentes y requieren de habilidades distintas. Ideológicamente, los desafíos que enfrenta cada grupo exigen consideraciones de distinta índole. Para poder funcionar, el grupo visible debe operar de forma legal: únicamente manejando la comunicación pública, recaudación de fondos y el reclutamiento. Pero si son reprimidos, los que trabajan de forma subterránea también quedan expuestos, sin una retaguardia que pueda cuidarlos.
Aunque esta estrategia pueda parecer práctica, se arriesga a fusionar los primeros tres modelos de forma inapropiada. Combina las fuerzas, pero también, y sobre todo, las debilidades de cada uno. La historia muestra que a pesar del gran interés que despierta, este enfoque no siempre consigue los resultados esperados.
En este ensayo vamos a defender la necesidad de construir movimientos y organizaciones basados en el principio de la clandestinidad masiva: grupos que son tan grandes como secretos. Estos movimientos no tendrán una membresía visible, líderes ni oficinas. Sin embargo, pueden reclutar nuevos integrantes y cultivar muchas formas de participación. Arraigado en la confidencialidad, tendrá la fuerza y la magnitud de un fenómeno masivo, no sólo de un colectivo, grupo de afinidad o proyecto específico.
Para defender esta propuesta vamos a analizar el Ejército de Liberación Negra y un ensayo del viejo prisionero de guerra y New Afrikan James “Yaki” Sayles1. También vamos a explorar el contexto global detrás de las teorías y estrategias del Ejército de Liberación Negra (BLA, por sus siglas en inglés), concentrándonos específicamente en la teoría latinoamericana del foquismo y su profunda influencia en todo el mundo.

¿Qué fue el Ejército de Liberación Negra?
Los orígenes del BLA se siguen discutiendo hasta hoy. La mayoría de sus cronistas están de acuerdo en algunos hechos básicos: el BLA surgió al inicio de los 70 como una respuesta directa a la opresión sistémica y la represión violenta que encaraban las comunidades negras de Estados Unidos. Nacido de los márgenes radicales del Partido de las Panteras Negras (BPP, por sus siglas en inglés), el BLA estuvo formado por militantes que buscaron desmantelar las estructura de la explotación capitalista y de la supremacía blanca a través de la lucha armada. El BLA rechazó la lentitud del reformismo, la corriente principal del movimiento de los derechos civiles. El BLA creyó que sólo se podía alcanzar la liberación a través de la acción directa decisiva: una confrontación armada con las fuerzas del Estado racista.
El BLA fue una organización clandestina y descentralizada. Conforme se volvió cada vez más violenta y desesperada la represión a la izquierda negra revolucionaria y a toda la Nueva Izquierda militante, algunos integrantes de las Panteras Negras sintieron que ya no era sostenible la orientación del partido. Los líderes de esta facción eran las 21 panteras. La mayoría vivía en Nueva York. Pero para 1970, por lo menos 14 panteras fueron asesinados por la policía.
A lo largo de los 70, el BLA ejecutó una serie de acciones violentas y valientes que tenían el objetivo de desestabilizar al Estado. En 1971 asaltaron una estación de policía neoyorkina, incautaron armas y municiones. En Atlanta, emboscaron a un policía y los militantes del BLA le quitaron su placa y su pistola. El siguiente año, robaron varios bancos para financiar sus operaciones. En 1972, emboscaron policías en Queens, Nueva York, mataron a uno e hirieron a muchos otros. Ese mismo año, bombardearon estaciones de policía y tribunales, apuntando a las fuerzas del orden y al poder judicial.
En 1973, el BLA estuvo involucrado en un tiroteo en San Francisco, mataron a dos oficiales y luego a un policía en Oakland. Luego intentaron hacer una dramática fuga de la cárcel que terminó en otro tiroteo. Las células continuaron sus ataques en 1974, bombardeando juzgados y orquestando una exitosa fuga de la cárcel en Maryland en la que liberaron a Panteras Negras y otros radicales. En 1975, comandos del BLA ejecutaron otro robo y se involucraron en un tiroteo violento en Saint Louis, matando e hiriendo a muchos policías.
En 1979, el BLA liberó a Assata Shakur de la Correccional Clinton Para Mujeres. Como resultado, muchos integrantes fueron capturados y enviados a prisión eventualmente, incluida Sundiata Acoli, Sekou Odinga, Marilyn Buck y Sylvia Baraldini; Shakur sigue libre, vive exiliada en Cuba hasta el día de hoy. A finales de los 70, a pesar de su ataque coordinado al poder estatal, el gobierno persiguió y aplastó al BLA de manera implacable.
¿Quién es Yaki?
James “Yaki” Sayles nació en Chicago en 1948. Se radicalizó en la Penitenciaría de Pontiac. Mientras estaba tras las rejas se unió a un pequeño de grupo de nacionalistas negros comprometidos a hacer la revolución. El plan era sencillo: una vez que quedaran libres, iban a reencontrarse y construir una fuerza combativa.
Yaki estuvo sumergido en las corrientes del Movimiento de Acción Revolucionaria (RAM, por sus siglas en inglés), la República de la Nueva África y el Partido de las Panteras Negras hasta que salió de la cárcel. Se mantuvo leal al grupo carcelario que lo formó. En 1971, el ambiente revolucionario en el que Yaki se rodeaba estaba profundamente influenciado por La revolución en Guinea de Amílcar Cabral y ¿Revolución en la revolución? de Régis Debray. Como muchos de sus colegas, estos libros se volvieron imprescindibles para entender los objetivos políticos de aquel momento. Las lecciones que sacaron de Debray fueron una pieza clave para modelar su perspectiva política y estratégica.
Las malinterpretaciones de estos textos, así como los defectos de su contenido, fueron un desastre para Yaki y sus camaradas. Descarrilaron sus esfuerzos y a muchos incluso les costó la vida.
Yaki dirigió un periódico alineado al BLA titulado Vita Wa Watu, que significa La guerra del pueblo en Suajili. En el último número del periódico, publicado en 1988 (#12), Yaki presentó un ensayo, en dos partes titulado “Sobre el significado de “Reconstruir”: mirando atrás”. Aquí nos vamos a enfocar en la segunda parte del ensayo debido a que ofrece conocimientos valiosos para el presente y, sobre todo, al propósito de las cuestiones organizativas planteadas previamente.
Mirando atrás “Mirando atrás”
Un análisis de los desaciertos del BLA
“El BLA-CC se convirtió en una vanguardia sin retaguardia debido a que no había asumido total responsabilidad por las actividades de las masas tanto políticas como militares, así como había dejado de ofrecer una base para su propio apoyo… a las fuerzas afuera de sus filas”
“Desde el comienzo, el BLA estaba plagado de contradicciones no sólo sobre su ideología, sino su forma estructural. La definición de una organización política-militar se relaciona con ambas áreas y siempre se han abordado como dos puntos de vista opuestos”.
Las propuestas tácticas y organizativas surgen de una ideología estratégica que resulta de las condiciones políticas. Podrían equivocarse quienes creen que las tácticas se pueden usar en una cierta coyuntura por grupos o individuos “sin una estrategia”. La estrategia de quienes se niegan a a forcejear con la política en un sentido general suele ser más sombría que grandiosa.
La premisa que animaba al BLA (construir un “frente armado” sin construir un partido primero, comprometerse en tácticas militantes sin tener antes una estrategia coherente) no fue un desarrollo histórico único, sino una idea que, al comienzo de los 70, tenía fuerza en todo el mundo. Esta cosmovisión sigue siendo extremadamente popular e incluso quizá sea hegemónica en los círculos radicales y militantes de todo el mundo. No debería sorprendernos que Yaki comience su análisis con eso, conecta las primeras teorías del BLA con la escritura de Régis Debray. Él crítica específicamente la (incorrecta) interpretación que el BLA hace de la Teoría del Foco de Debray, así como el contexto que le dio popularidad a esa teoría: el colapso estratégico de cara una represión implacable.
Para el principio de los 70, escribe Yaki, “el movimiento entero se vio forzado a la clandestinidad”. El estado hacía cada vez más redadas en oficinas, asesinatos, golpizas y hasta masacres en contra de los movimientos radicales de esa época, no sólo el BPP. Los Estudiantes por una Sociedad Democrática se habían fragmentado por completo. La mayoría de los líderes nacionales abandonaron la organización de masas en favor de una campaña de bombardeado que duró una década bajo el nombre de la Organización Weather Underground. Los Black Mask/Up Against the Wall! Motherfucker también dejó Nueva York para participar en la resistencia armada en cualquier otro lugar. Algunos sectores del movimiento nacionalista puertorriqueño formaron las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), una organización de células clandestinas. Mucha gente creía que las estructuras de masas de los años previos eran insostenibles y que se debía de desarrollar una nueva estrategia basada únicamente en la clandestinidad (Nota del editor: véase “The Student Intifada and the Coming Revolution” en el primer número de Radar).
Yaki nos dice que este es el contexto en el que el BLA empezó a llevar a cabo sus acciones. Aunque el Partido de las Panteras Negras tenía oficinas, imprimía un periódico, daba conferencias de prensa y organizaba marchas, el Ejército de Liberación Negra era un “frente” completamente descentralizado. A pesar de su nombre, nunca fue un ejército. De hecho, ni siquiera fue una organización. Para evitar la infiltración policiaca y los asesinatos, sus integrantes formaban “células” que consistían únicamente en la gente de más confianza. No había una orden de mando ni una estructura para la toma de decisiones. A nivel funcional, el BLA carecía de una teoría unificada, de logística y de planes generales.
Disenso estratégico
Según Yaki, el BLA estaba “luchando una guerra” sin una noción unificada de quienes eran sus aliados e, incluso, cuáles eran sus objetivos.
Una parte significativa de la confusión provenía de una falta de claridad ideológica y estratégica. No había un consenso de si estaban luchando para construir la República de la Nueva África en el Black Belt2 o derrocar al gobierno estadunidense y establecer el poder negro en la sociedad. Esta división no sólo empantanaba su visión estratégica sino que debilitaba su coherencia organizacional. Sin ningún acuerdo para establecer objetivos a largo plazo, sus acciones carecían de dirección y eran incapaces de sobreponerse a los contratiempos y las dificultades.
Conforme la represión arremetió contra los movimientos de izquierdas, los comandos del BLA escalaron su venganza contra el Estado, sobre todo contra la policía. Las justificadas e impresionantes acciones del movimiento no fueron suficientes para frenar la avalancha que los estaba destruyendo debido a que responder a cada ataque al movimiento hubiera exigido una organización grande e ingeniosa precisamente como la que se propuso evitar el BLA.
La única claridad que los unía era táctica: construir el frente armado, atacar a la policía, expropiar bancos para financiar la guerra de guerrillas. Esta mentalidad “táctica” puede resultar familiar a algunos organizadores militantes hoy en día. Hasta cierto punto, los movimientos contemporáneos han tratado de hacer de la necesidad una virtud, desarrollando y celebrando activamente modelos organizativos y teóricos que asumen una gran confusión y discordia. Por eso no sorprende que hayan tenido que reinventarse a sí mismos a cada rato.
“La represión… fue de naturaleza cualitativa, exigía algo más que respuestas armadas de un sección aislada del movimiento”
La división entre lucha política y militar
“Entendimos la “lucha armada” de forma unilateral y superficial, desde un punto de vista estructural y teórico. Por un lado, nuestra tendencia era comprender la lucha armada sólo en términos de acciones armadas, no sólo como “políticas con baños de sangre” i.e., una revolución política y social que empleó formas armadas al igual que formas desarmadas de lucha”
El BLA no nada más rechazó los partidos políticos burgueses; rechazó toda idea de partido: una única organización unificadora que reuniría colectivos, círculos, grupos e individuos. No se podían imaginar una organización que operara en secreto que condujera simultáneamente tanto las acciones políticas como las militares. Más bien, el BLA creyó que la lucha armada sólo podía ocurrir de forma independiente a los movimientos políticos de masas. Para protegerse a sí mismos y a los demás, creyeron que los militantes armados debían apoyarse únicamente en una red de células guerrilleras muy poco estructurada. Más que una propuesta estructural, esta perspectiva cometió el error de considerar a las tácticas y la “lucha armada” como algo que debía estar completamente separado de otras formas políticas.
Este error estratégico fue una catástrofe.
Como dice Yaki: “DE HECHO, es como si los bolcheviques hubieran dicho que ellos construían el frente armado para que los mencheviques construyan el frente masivo; como si Mao hubiera dicho que el PCC iba a construir el frente armado para que Chiang Kai-Shek y el Kuomintang construyan el frente masivo. No hay manera de asegurar que las acciones armadas operen “alineadas con la creciente militancia de las masas” a menos de que el partido de vanguardia (la organización política y militar) guíe y coordine ambos “frentes”, es decir, todas las formas de lucha”.
Al BLA no le faltó apoyo moral. Los vecinos y civiles nunca los traicionaron con la policía. Pero la simpatía no era suficiente. Sin una estrategia política que convirtiera ese apoyo en participación activa, sus esfuerzos carecían de la fuerza necesaria para la “guerra del pueblo” que imaginaron. Creyeron que un “frente armado” iba a prender la mecha revolucionaria hasta revivirla por completo pero sin involucrar a las masas, que eran necesarias para una transformación de ese calado, sus esperanzas estaban vacías.
Esto debería considerar un patrón para algunos lectores de hoy. Debemos volver a estos párrafos y agregar: “hubiera sido como si los anarquistas hubieran dicho que iban a construir el frente armado para que los progresistas construyan el frente masivo”.
El Ejército de Liberación Negra en el contexto global
En los textos de Yaki, los Weatherman, las Panteras y otro militantes de esa época, una frase hace eco entre sus reflexiones, entrevistas y memorias: “…y luego leímos ¿Revolución en la revolución? de Régis Debray…”
No queremos exagerar la influencia que este libro tuvo en los eventos de esos tiempos, pero ningún análisis de esos grupos estaría completo sin tener en cuenta el espíritu que movió a tantos jóvenes americanos de esa época. ¿De qué se trata entonces?
¿Revolución en la revolución? se publicó en 1967 y se distribuyó en la conferencia de la Organización de Solidaridad con América Latina (Olas, por sus siglas en inglés) en la Habana. Entre el público se encontraba Robert F. Williams, Kwame Ture, John Gerassi, Ted Gold y muchos otros activistas estadunidenses que se reunieron con miles de socialistas, comunistas y organizadores de todo el hemisferio. El Che Guevara y Régis Debray, el autor del libro, brillaban por su ausencia. ¿Cuál fue la razón? Que ambos estaban en la profunda selva de Bolivia, en Ñancahuazú, en los preparativos para un núcleo armado (o foco) que iba hacer la revolución en América del Sur.
En los meses siguientes, el panfleto de Debray fue ampliamente distribuido a lo largo de América Latina y el Caribe.
Sus ideas encendieron la mecha de campañas controversiales y valientes en Guatemala, Colombia, Venezuela, Perú, Argentina, Paraguay, Brasil y Bolivia. Un grupo de Fatah, el Movimiento de Liberación Nacional Palestino, lo utilizó en Beirut para desarrollar los cuadros armados de la Organización para la Liberación de Palestina, mientras los fedayín, la Organización de Guerrillas Fedai del Pueblo Iraní (OIPFG, por sus siglas en inglés) lo estudiaron detenidamente en Irán. Entonces. ¿Qué es lo que propone el libro? ¿Qué argumentos plantea y por qué resonó con tanta fuerza?
¿Qué fue la Teoría del Foco?
En 1961 el Che Guevara escribió Guerra de Guerillas, una reflexión en torno a la campaña insurreccional del Movimiento 26 de Julio. El libro resumía la teoría, las tácticas y la estrategia que guió a la revolución cubana. Aunque Guevara nunca utilizó el concepto, sus ideas se hicieron conocidas bajo el nombre de foco. Estas ideas fueron sistematizadas con más profundidad en ¿Revolución en la revolución? de Régis Debray. Las primeras traducciones al inglés usaron la palabra foco para decir “enfoque”, “lugar”, “fuente” o “núcleo”.
La teoría del foco plantea que, al explotar las ventajas estratégicas del mundo rural, un pequeño grupo de guerrilleros podrían evolucionar a un ejército popular y finalmente a una proto-sociedad que confronte la legitimidad del Estado. A pesar de que Guevara y Debray las respetaban, pensaban que el crecimiento del foco, este bando inicial, no sólo depende de las agitaciones de masas y las luchas espontáneas de los sindicatos, los estudiantes y los movimientos civiles, sino del éxito militar, en ser efectivos en sus acciones. Esto separó al foquismo de los modelos revolucionarios convencionales. Desde el punto de vista de Guevara, el bando guerrillero no debía subordinarse a un partido político, sino que el foco mismo sería el embrión del partido al unir poder político y poder militar en una sola estructura.
Debido a que los guerrilleros cubanos no podían contar únicamente con la impenetrabilidad del campo, fue esencial para su éxito la estrategia de movilidad y clandestinidad. Establecer una base fija prematuramente u ocupar terreno podía orillarlos a una posición defensiva que iba a permitir que el Estado los rodeara y aplastara fácilamente. Con sus vastos recursos, el Estado fácilmente podría arrancar de raíz a los rebeldes una vez que ellos se acomodaran en sus posiciones.
Los defensores del foquismo aseguraban que la fase de anonimato y movilidad sólo era temporal. La siguiente fase iba a consistir en la expansión de territorio a defender, el desarrollo de un contrapoder con infraestructura independiente y la incorporación de nuevas fuerzas en las filas revolucionarias. A lo largo y ancho del mundo, los partidos socialistas y comunistas acusaron a los defensores del foquismo de “desviacionismo anarquista”.
¿Cómo desarrollaron esta teoría y estrategia los cubanos? Surgieron de sus propias experiencias en la izquierda latinoamericana. Se derivaron de su afiliación a los partidos políticos y organizaciones radicales que siempre parecían postergar el momento de la verdadera confrontación. Al examinar el desarrollo del foquismo podemos entender por qué, tan sólo unos años más tarde, pudo haber resultado atractivo para los jóvenes militantes negros de Estados Unidos.
El aprismo y los antecedentes del foquismo
Víctor Raúl Haya de la Torre, un exiliado político peruano, fundó la Alianza Popular Revolucionaria de las Américas en la Ciudad de México en 1924. Aunque estaba comprometido con Marx y Lenin, elaboró un programa a la medida de las necesidades específicas de América Latina. Haya de la Torre se inspiró principalmente en la Revolución Mexicana. La misión central del APRA estaba clara: soberanía política y económica de las naciones de América Latina, liberarse del imperialismo estadunidense. Para Haya de la Torre esto significó forjar alianzas entre la pequeño burguesía nacional y los campesinos, no sólo con los obreros urbanos. Esta lucha anti imperialista y panamericana haría que se alce un nuevo orden social, ni capitalista ni socialista.
¿Se podía confiar en los partidos comunistas, controlados o no por Moscú, para tomar las oportunidades revolucionarias conforme se presentaban? ¿Sus estructuras e ideologías eran capaces de adaptarse a las vertiginosas ataduras que los envolvían? ¿Se podía contar con ellos para velar por los intereses del pueblo? Los apristas de todo el continente parecían ofrecer una solución a esta incertidumbre, pero ellos también colapsarán bajo el peso de los mismos dilemas.
En 1934, bajó la influencia de Víctor Raúl Haya de la Torre, surgió el Partido Revolucionario Cubano Auténtico (PRCA), o los Auténticos, en oposición al dictador Gerardo Machado. Sin embargo, Fulgencio Batista, un sargento de la milicia cubana, alcanzó el poder tras adelantárseles en derrocar a Machado. Después Bastita gobernó Cuba con el apoyo de Estados Unidos. Para 1944, los Auténticos se habían fortalecido. Habían derrotado a Carlos Saladrigas Zayas (el sucesor elegido por Batista) en las votaciones e impulsaron la candidatura a la presidencia de Ramón Grau San Martín.
Respaldada por Grau, una coalición de fuerzas (compuestas por socialistas, exiliados dominicanos, veteranos de la Guerra Civil española y estudiantes cubanos) tejieron un plan para derrocar a Rafael Trujillo, el dictador de República Dominicana apoyado por Estados Unidos. Para esa misión, Fidel Castro, uno de los líderes estudiantiles, se hizo cargo de un pelotón. El grupo se reunió para el ataque, instalaron campos de entrenamiento a lo largo de Cuba antes de encontrarse en Cayo Confites, el punto de partida. Llegaron armas, explosivos y combatientes de todos lados, Argentina, Nueva York o cualquier lugar del que se pudieran contrabandear. El plan estaba listo.
Pero la expedición falló bajo la creciente presión de Estados Unidos y República Dominicana. Sin embargo, Fidel Castro y su grupo, liderados por Juan Bosch, intentaron presionar pero fueron incapaces de ir por su cuenta. En vez de renunciar a la lucha armada, la frustración de Castro se enfocó en que la misión de Cayo Confites fue concebida apresuradamente y luego abandonada por Grau y el Partido Auténtico. No fue la estrategia, sino la traición a la estrategia, lo que los llevó al fracaso.
En 1952, en los meses previos a la elección presidencial cubana, Batista preparó un golpe de Estado. El Partido Ortodoxo condenó el golpe de Batista, llamó a la resistencia por medios pacíficos, legales y civiles. Los comunistas cubanos, en cambio, fueron más relajados con Batista. No sabían si debían oponerse al golpe o no. Como respuesta, Castro y otros integrantes del Partido Ortodoxo empezaron a organizar su propia facción, hicieron su propia propaganda y empujaron por una toma revolucionaria del poder. El 26 de julio de 1953 este grupo atacó la base militar de Moncada en Santiago de Cuba. El plan era sencillo: recuperar las armas y encender la revuelta a nivel nacional. Pero fue un desastre. Los soldados mataron a docenas. Algunos sobrevivientes huyeron a las montañas con la esperanza de establecer una base guerrillera y reconstruir sus fuerzas. En menos de una semana, Bastita los rodeó y capturó.
Los moncadistas (Castro y sus camaradas) emprendieron su reconstrucción en México después de que fueron liberados de prisión. Ahí se encontraron con Alberto Bayo, un veterano de la Guerra Civil española, y un joven argentino que se llamaba Ernesto Guevara. Bayo, con su experiencia en la guerrilla rural que experimentó en la Cataluña en lucha revolucionaria contra Franco, entrenó a los insurgentes con sus métodos y teorías.
Con un conocimiento fresco y una estrategia refinada, ellos formaron el Movimiento 26 de Julio, nombrado así por su ataque fallido a las bases de Moncada en la misma fecha. Muchos hijos de los exiliados de la República Española tuvieron posiciones importantes dentro del grupo, incluido Camilo Cienfuegos y Haydée Santamaría. Su énfasis en la insurrección armada y el rol crucial de la base rural fuertemente organizada fue uno de los frutos de separación con el aprismo.
Cuando los guerrilleros del 26 de julio tomaron el poder en enero de 1959, su enfoque en la insurgencia rural se volvió un plan global. Dentro del movimiento socialista internacional, el modelo de partido convencional ahora enfrentaba una competencia seria con el foquismo.
El rechazo al foquismo y el despunte de las guerrillas urbanas
Al comienzo de los 60s, Estados Unidos desarrolló nuevas estrategias de contra insurgencia para combatir las guerrillas rurales y las exportó rápidamente a América Latina. Las fuerzas especiales estadunidenses condujeron centenares de misiones contrainsurgentes en todo el continente. Además de facilitar entrenamiento especializado y apoyo aéreo a los gobiernos alineados a Estados Unidos, el gobierno norteamericano mandó apoyo específicamente a las zonas rurales. Estas iniciativas se llevaron a cabo a través de campañas políticas, el USAID y los Cuerpos de Paz.
En 1966, cuando se formó el Partido de las Panteras Negras, las guerrillas rurales de América Latina estaban enfrentando graves problemas. A pesar de que cada país era una víctima de sus circunstancias únicas, en Argentina, Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, República Dominicana, Ecuador y Paraguay, los focos, en el mundo rural, habían fallado al intentar encender fervor revolucionario que se habían imaginado, tanto en contra de los regímenes de mano dura como en las neocolonias “pseudodemocráticas”. En gran medida, esto sucedió debido a la incapacidad de los guerrilleros de entender el lenguaje, la vestimenta y la cultura de las poblaciones rurales. En Perú, por ejemplo, subraya Hector Bejar en “Péru 1965: Notas de una experiencia guerrillera”, una gran mayoría de los quechuas de Ayacucho no hablaban español, mientras que muchos organizadores comunistas y socialistas de esa época no hablaban quechua. Este tipo de descuido era común entre los foquistas debido a que el objeto de la lucha revolucionaria que esperaban construir eran las guerrillas mismas. La población circundante, el territorio, los animales, plantas y cerros fueron todos tratados de forma ahistórica, como objetos pasivos sobre los que debían maniobrar los combatientes heroicos. Tuvieron un costo elevado estos errores teóricos. Uno por uno, los focos fueron rodeados, apuntados y liquidados.
En respuesta a estos contratiempos, el Che Guevara propuso que sólo una “segunda guerra latinoamericana de independencia” podría derrocar el imperialismo estadunidense efectivamente y construir el socialismo.
Para lograr esto, el Che trató de crear una estrategia continental centrando un solo problema político y militar en un solo núcleo: en las montañas rurales de Ñancahuazú, Bolivia. Planeaba que los revolucionarios de toda América Latina se unirían a su pequeño bando, recibirían entrenamiento militar y político e iban a construir un ejército del pueblo con múltiples frentes a lo largo del continente. Este ejército iba a operar de forma independiente a cualquier partido comunista o facción nacionalista, que el Che creía que ya no eran suficientes para hacer la revolución.
Al principio, el grupo de Guevara contó con el apoyo del Partido Comunista Boliviano de Marion Monje para la ayuda logística básica. Este partido todo el tiempo flaqueó en su compromiso de proveer ayuda, reclutas e información. Esta dependencia fue un desastre. El trágico resultado de la campaña boliviana de Guevara (su muerte y la destrucción del núcleo guerrillero) fue registrado por los sobrevivientes Pombo, Pereto y Debray. Sus reflexiones sobre la campaña ofrecen un conocimiento crucial sobre los errores de la estrategia rural, lecciones que siguen siendo valiosas para aquellos que estudian la teoría de la lucha armada en América Latina.
Tras la muerte del Che, la estrategia de la guerrilla armada pasó a las ciudades. Inspirados en las ideas del exiliado anarquista español Abraham Guillén, los revolucionarios alineados a Cuba hicieron operaciones de guerrilla urbana en Uruguay, Argentina y Brasil. Las acciones y los textos de grupo como los Tupamaros y figuras como Carlos Marighella se ganaron el interés internacional. En Estados Unidos fueron traducidas y publicadas en periódicos como Leviathan, Radical America, Montly Review, entre otros. Sus teorías se volvieron el plan de los movimientos revolucionarios de todo el mundo, influenciaron a grupos como el Ejército Republicano Provisional Irlandés, la Brigate Rosse y la Facción del Ejército Rojo. Al final, las guerrillas urbanas fueron todavía menos exitosas que su contraparte rural.
En 1968 y 1969, conforme los traductores trajeron historias poderosas y artículos de Uruguay y Brasil al mundo angloparlante, los activistas de Estados Unidos estaban buscando nuevas ideas ante la represión siempre creciente.
De “construir para vencer” a “reconstruir”
“El slogan “construir para vencer” se acuñó y utilizó sobre las bases de unas condiciones objetivas específicas, internas y externas, subjetivas y objetivas. Esas condiciones ya no existen”
El Partido de las Panteras Negras quería desarrollar un ala armada secreta para hacer avanzar los objetivos políticos de la organización. Esta iniciativa los alineó con los Partidos Comunistas que estaban apoyados por Moscú en todo el mundo, así como a grupos como el APRA en América Latina. En contraste, el Ejército de Liberación Negra (BLA) se imaginaba pequeñas células guerrilleras urbanas que inspiraran a las masas a formar un movimiento revolucionario a través de sus acciones heroicas y valientes, más en la dirección de su contraparte latinoamericana urbana en Brasil y Uruguay, no el enfoque rural. La frase “construir para vencer” resumía esta iniciativa, funcionaba como principio guía y también como evaluación estratégica de su senda revolucionaria.
Conforme cambiaron las condiciones, algunos militantes del BLA reconocieron que su nueva estrategia estaba fallando. Al final de los 70, docenas de participantes del BLA estaban encerrados en la cárcel y el movimiento entero se había retirado. Esto llevó a formar una facción que se reivindicó como el Comité de Coordinación del Ejército de Liberación Negra (BLA-CC) para revisar su iniciativa y adoptar una nueva estrategia bajo la consigna de “Reconstruir”.
El cambio de estrategia primero fue esbozado en un documento titulado “Un mensaje para el movimiento negro”. Según Yaki, la noción de “Reconstruir” surgió de la conclusión de que la lucha armada debía estar completamente integrada con la organización política de masas, no como un “ala armada”, como habían visualizado las panteras, ni tampoco como como “núcleo armado” de la revolución, como el BLA había creído en un principio. La facción que quería “Reconstruir” argumentó que el movimiento no se podía dividir en frentes aislados uno del otro, unos clandestinos y otros masivos, unos armados y otros políticos. Ambos aspectos debían fusionarse en una fuerza unificada.
Yaki argumenta que el error del BLA recayó en su incapacidad de construir un movimiento masivo subterráneo capaz de integrar tanto las actividades militares como las políticas bajo el mismo estandarte.
El aislamiento fue cualitativo.
Como se dijo antes, Yaki distinguía entre el aislamiento en términos de apoyo moral y un aislamiento estratégico que se utilizaba como un catalizador político. Aunque muchos, particularmente dentro de las comunidades negras, simpatizaron y apoyaron al BLA al ofrecerles refugio, solidaridad pública y ayuda logística. Como a los grupos anarquistas de afinidad hoy en día, las acciones del BLA en los 70 se mantuvieron desconectadas de una lucha masiva más amplia que pudo haber proporcionado una fuerza y sentido real. El BLA falló a la hora de tender un puente entre los guerrilleros y los movimientos sociales revolucionarios masivos. No había una vía de participación significativa y sus tácticas de guerrilla no impulsaron una insurrección armada masiva capaz de derrocar al gobierno estadunidense.
Como sus contemporáneos de Weather Underground y el Partido de las Panteras Negras, el BLA nunca desarrolló una relación concreta con las revueltas espontáneas, los levantamientos y los bloqueos que marcaron el final de los 60 y los 70. En cambio, vieron estos fenómenos, en el mejor de los casos, con desconfianza. A pesar de que estos fueron momentos decisivos de violencia política y resistencia, el BLA se mantuvo distanciado de ellos. Yaki no aborda esta brecha en el ensayo quizá debido a que, incluso en 1988, todavía no había reconocido por completo el desacierto político que representaba. La acción revolucionaria, en este contexto, exigía la participación organizada y sistemática en un malestar social de gran calado, que incluía revueltas, huelgas y levantamientos.
Las revueltas nunca terminaron
Debido a que los grupos de la Nueva Izquierda cambiaron de enfoque al comienzo de los 70, de una revuelta masiva a un sabotaje y subversión organizada, muchos asumen que las revueltas y los levantamientos se detuvieron entre 1970 y 1971. Esto es un error. Después del levantamiento del cuatro de mayo de 1970, detonado por el asesinato de cuatro estudiantes del Estado de Kent, las revueltas, rebeliones y combates liderados por la comunidad continuaron. De 1970 a 1979 (y ya bien entrados los 80), movidos por la misma rabia que había encandecido a la gente al final de los 60, hubieron levantamientos a gran escala que sacudieron ciudades de todo el país. Ventanas rotas, piedras por los aires, barricadas, fuego, saqueos y tiroteos con la policía, gas lacrimógeno. Los grupos radicales de la contracultura, los obreristas, las feministas y los movimientos estudiantiles se mantuvieron activos en la década de los 70. Pero en 1971, antes de la muerte de George Jackson y la revuelta de Attica, surgió un patrón claro. Los Weatherman, el Ejército de Liberación Negra y la Brigada George Jackson e infinidad de otros grupos cambiaron su estrategia para enfocarse en el sabotaje, el bombardeo y la violencia política. Sería difícil culparlos del impasse en el que se encontraban los movimientos de liberación. Muchos otros se volvieron espectadores. Apoyaban, celebraban y hacían propaganda en torno a estas acciones desde fuera. O peor aún, las criticaban sin ofrecer ninguna alternativa.
Examinemos brevemente un par de revueltas posteriores a Attica en las que no estuvieron claramente involucrados los grupos militantes. Para hacerlo, vamos a excluir insurrecciones organizadas, conflictos, asaltos y eventos como la toma de un pueblo de Dakota por parte de los Lakota en 1973. No queremos menospreciar o ignorar estas acciones de militancia organizada, sino que vamos a enfocarnos más bien en levantamientos espontáneos, guiados por dinámicas de multitudes ingobernables, gente pobre, racializada y enojada que actuó sin elaborar un plan, coordinación ni programas.
En febrero de 1972, cientos de latinos se amotinaron en contra de la brutalidad policiaca, voltearon coches y rompieron cristales en Pharr, Texas. La policía disparó a la multitud y mató a una persona. En abril, chicanos de Santa Paula, California, se enfrentaron a la policía, utilizaron pistolas y molotovs. En mayo, arrestaron a más de 200 personas tras una pelea que duró horas entre los protestantes antibélicos y la policía en Gainesville, Florida. El año siguiente, en abril de 1973, Clifford Glover, un niño de diez años, fue asesinado por la policía de Nueva York en Queens, lo que detonó días de revueltas. En respuesta, los Weatherman bombardearon la comisaría 103. En 1974, hubo protestas racistas en Boston debido a que los blancos fueron obligados a compartir asiento en el transporte público con gente negra. Miles de estudiantes blancos quemaron coches y le tiraron piedras a residentes negros que se defendieron de la misma forma. En agosto de 1975, el dueño de un bar, un hombre blanco, mató a un adolescente negro, Obie Wynn, en Detroit, después hubieron días de protestas en Livernois-Fenkell. En febrero de 1976, en Pensacola, Florida, el desastre surgió porque los estudiantes de nivel medio se enfrentaron con la mascota de los Rebeldes Confederados en la preparatoria del condado de Escambia. Cuando la policía mató a dos puertorriqueños en Chicago en junio de 1977, miles de personas lucharon contra la policía con bombas molotov y piedras durante dos días. En las protestas, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) bombardearon el edificio gubernamental del Condado de Cook antes de que comience la lucha callejera. Podríamos seguir describiendo este tipo de eventos sin parar. Días de saqueos y revueltas en Nueva York durante el apagón. Hubo agitaciones por todos lados en Miami cuando un policía mató a Arthur McDuffie en 1979. El levantamiento de Wilmington en 1981. Las protestas para exigir justicia para Eugene Walker en Chicago en 1983… si incluimos resistencia laboral espontánea, es decir, huelgas que fueron orquestadas por los obreros independientemente de los sindicatos, como la huelga de Corporación de Aguamiel de Atlanta (1972), la huelga de la Mina de Brookside Kentucky (1973), o la huelga espontánea de la Dodge Detroit (1974), la lista podría extenderse muchas páginas. Los levantamientos no pararon. Muchos continuaron en los 80 y 90.
Los revolucionarios de hoy deben reconocer la necesidad de involucrarse con la agitación espontánea de los actos masivos. Sean revueltas, huelgas, bloqueos u ocupaciones, estas erupciones de resistencia popular son momentos críticos cuando la gente lleva la lucha directo a las calles. Los revolucionarios deben estar vinculados a estas acciones con humildad. No sólo como simpatizantes sino como participantes activos, ayudando a moldear el curso de los levantamientos y empujándolos en dirección a los objetivos revolucionarios. La organización clandestina, tanto política como “militar”, debe seguir rindiendo cuentas a las fuerzas de la agitación y la insurrección popular. La organización revolucionaria, masiva pero secreta, popular pero oculta, encuentra su verdadero sentido únicamente en las calles asfixiada en gas lacrimógeno, cubierta de ladrillos y cristales rotos, carros volteados y helicópteros zumbando alrededor.
Hacia una clandestinidad masiva
El argumento central de “Sobre qué significa “Reconstruir”: mirando atrás” es que el movimiento revolucionario completo debe ser reconstruido en secreto. Yaki hace énfasis en que la lucha armada no puede estar separada de la lucha política y viceversa. Muchos, quizá la mayoría, de los veteranos del BLA, el BPP y formaciones similares llegaron a la conclusión de que su error principal procedió de una inadecuada separación de los frentes y actividades legales de las ilegales. En su breve pero informativa historia del Partido de las Panteras Negras, Sundiata Acoli resume esta posición de forma concisa: “debió haber una separación clara entre el partido, visible, y el aparato armado subterráneo”. Esta idea está resultando atractiva otra vez pero es un error. Es un diagnóstico equivocado de los problemas políticos que enfrenta la resistencia militante. La revolución no puede triunfar apoyándose en células guerrilleras anónimas o grupos de afinidad. No puede ser dirigida por voceros, grupos democráticos u organizaciones civiles. No será suficiente simplemente conectar estos dos tipos de grupos con comunicaciones encubiertas y enlaces anónimos.
Entonces ¿Qué significa esto? ¿Qué hacemos? ¿Cómo puede ser “masivo” algo que está escondido? ¿Cómo puede ser secreta una organización o movimiento si todo el mundo la conoce? ¿Cómo puede ser participativa si opera en las sombras? De acuerdo al pensamiento convencional, estas ideas no pueden coexistir, sería una rotunda contradicción.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), son un poderoso ejemplo de una organización secreta y grande, un movimiento masivo subterráneo. Campesinos3, maestros, milicianos, representantes y redes completas operan en las sombras en un tejido intricado en la sociedad maya de Chiapas. Miles de zapatistas se reúnen en encuentros, bailes y mercados, todo cubiertos con pasamontañas, sus verdaderas identidades se ocultan en una compleja red de nudos sociales.
El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) siguió un camino similar. Su método de organización permitió que líderes sindicales, activistas estudiantiles, poetas, saboteadores y milicianos rurales sostengan una guerrilla por una década con tan sólo unos pocos cientos de integrantes. La fuerza de los sandinistas recayó en su habilidad de integrar nuevos participantes sin ningún inconveniente. Así unieron a sus filas a miles de personas tan sólo en 1978.
El Ejército Repúblicano Irlandés Provisional (IRA o Provos) coordinó alrededor de diez mil voluntarios sólo en Belfast entre finales de los 60 y finales de los 70. Enfrentaron la fuerza entera del terrorismo colonial británico y la violencia paramilitar con una filiación a sus filas que se mantuvo en total secreto. Restaurantes, tiendas, iglesias, bares y complejos departamentales se convirtieron en lugares de reuniones ocultas. El movimiento prosperó entre las sombras.
El ferrocarril subterráneo (Underground Railroad) nos ofrece otro ejemplo. Más que una organización fue una red. Esta telaraña de relaciones permitió que los esclavos africanos pudieran escapar de las plantaciones de todo el sur de Estados Unidos apoyándose en un sistema conspirativo vasto dedicado a terminar el sometimiento humano. Compuesta principalmente de gente negra libre y abolicionistas blancos, el ferrocarril subterráneo conectaba choferes, iglesias, casas de seguridad, abogados, granjeros e insurgentes armados. Sus integrantes se identificaban a sí mismos como “agentes”, “inspectores”, “estaciones” o “accionistas” según sus respectivas responsabilidades. Esta red clandestina sacó de la esclavitud a más de 100, 000 personas.
Mirando hacia adelante
Para los anarquistas y otros antiautoritarios resulta casi natural organizar colectivos, campañas mediáticas e incluso iniciativas de ayuda mutua bajo relativo anonimato y confidencialidad. Esto proviene en parte de los ciclos regulares de represión dentro de los espacios anarquistas y en parte por razonamiento político. Los anarquistas se oponen a la autoridad, las grandes personalidades y los representantes. Como resultado, hasta los grupos con modelos de filiación relativamente abiertos rara vez tienen un vocero. Se cree que la dinámica de liderazgo representa desbalances de poder indeseables entre los grupos y los movimientos. Aunque esta propuesta tiene sus beneficios también tiene su costo, muchos grupos anarquistas se mantienen como algo profundamente incomprensible para la mayoría de la gente.
En contraste, la mayoría de los grupos radicales de otras tradiciones teóricas rechazan abiertamente la clandestinidad. Comparten sus minutas en Google Docs, sus conversaciones internas se dan a través de Slack. Los comunicados de prensa llevan sus nombres reales y sus integrantes postean desde sus cuentas de redes sociales con regularidad. Los voceros dan discursos sin ningún interés en opacar sus identidades o filiaciones. Esta transparencia tiene beneficios pero también inconvenientes. Muchos grupos radicales se ven comprometidos con la ley debido a su constante exposición a la vigilancia. La represión nunca entra en escena porque estos grupos usualmente reducen su imaginación política a medios que respetan la ley únicamente.
Para aquellos acostumbrados a organizar grupos anti represión, comités de ayuda mutua, proyectos editoriales o pequeños grupos de afinidad, el principio de clandestinidad masiva puede ser difícil de comprender. ¿Se salen de la clandestinidad cuando reparten volantes a prisioneros y familiares? ¿Son “clandestinos” debido a que gestionan colectivos cerrados que no tienen adjunta ninguna identidad legal?
De forma similar, puede ser difícil comprender, para quienes están involucrados en organizaciones masivas, qué ganarían al proteger la identidad de sus integrantes y qué arriesgan al fallar en el intento.
Nosotros creemos que es importante formar colectivos y grupos organizados como suele hacerse en las redes anarquistas. Es esencial trabajar con migrantes indocumentados, prisioneros, antifascistas y abortistas. Pero este modelo es insuficiente para una lucha revolucionaria. Sí permite que la gente haga lo que se propone y normalmente lo hacen bien, pero en tiempo de polarización social y crisis aguda no puede satisfacer las necesidades de la vasta mayoría. Una revolución social exige una orientación que guíe proyectos y frentes específicos. En un contexto así serán necesarias las funciones que exigen el disturbio social, el antagonismo de clase y una posible guerra civil. Debemos enfocarnos en construir comunidades emancipatorias, infraestructura, sindicatos y eventualmente regiones enteras. Debemos de construir una organización revolucionaria dedicada a luchar contra la dominación estatal y de clase que vaya más allá de las necesidades específicas de cada colectivo, sindicato o grupo de afinidad.
Los intentos de formar un partido revolucionario “abierto” o federación se extraen de una historia convulsa y, finalmente, condenada al fracaso. El Estado no va a permitir que las celebridades de Instagram, las cadenas de correos de activistas, los empleados de ONGs o de los comités directivos elegidos derroquen a la sociedad más desigual de la historia. Los líderes serán rodeados y los integrantes dispersados. La organización tendrá dificultades para reconstituirse en secreto debido a que bajaría la moral y subiría el pánico. Nosotros creemos que no podemos convencer a quienes se dedican a la publicidad a que se cambien de bando. Pero aquellos de nosotros que operamos sin llamar la atención y mantenemos una independencia política deberíamos enfocarnos en construir redes y federaciones revolucionarias masivas, grupos dedicados no sólo al activismo o la propaganda, sino a la estrategia revolucionaria, pero en secreto.
Una persona puede llevar a cabo un asesinato, pero lo más seguro es que no pueda salir libre o con vida. Un pequeño grupo puede liberar a alguien de la cárcel, pero no puede abrir todas las celdas ni destruir el edificio. 500 personas pueden vandalizar una plaza comercial, pero no pueden tumbar un departamento de policía. Una turbamulta enardecida puede destruir una estación de policía, pero no puede vencer a la Guardia Nacional. En la revolución, los oprimidos se alzarán hasta hacer todo esto y mucho más. Van a tomar bodegas, campos de cultivo y fábricas, demoler penitenciarías y tribunales, desmantelar cuarteles, se apoderarán de estaciones de medios de comunicación, colectivizarán los recursos. Estos objetivos se desenvolverán a lo largo de los meses y años en paralelo al Estado capitalista, que desatará el terror y la desinformación en contra de los revolucionarios. Ambas fuerzas van a competir por el poder en las mismas ciudades y los mismos barrios. Cualquiera que crea en la revolución debe admitir que son necesarias estructuras específicas para poder facilitar la participación y la acción a esta escala. Será difícil improvisar cuando las calles estén atestadas de tanques y alambres de púas, cuando los helicópteros zumben sobre nuestras cabezas y los francotiradores se acomoden en los techos formando una línea.
¡Reconstruye la clandestinidad!
Grupo de Investigación Intercomunalista Revolucionaria
Nota de la traductora: la República de la Nueva África (RNA) es una organización nacionalista negra, un movimiento separatista negro fundado en 1968 en Estados Unidos con el objetivo de crear un país independiente en Norteamérica.
Nota de la traductora: el cinturón negro del sur de los Estados Unidos es una zona que va de Texas a Virginia que ha estado poblada históricamente por una mayoría negra.
Nota de la traductora: en español en el original.





